jueves, 18 de abril de 2013

El desafío de pensar en red

Vivimos inmersos es diferentes redes sociales. Nuestro trabajo profesional, nuestra actividad académica, nuestro grupo de amigos, nuestra familia, un club al que pertenecemos, etc. Estas relaciones pueden mantenerse cara a cara, pero el surgimiento de las plataformas que hacen uso de Internet nos permiten ampliarlas teniendo al mundo como límite.

Sin embargo, ese no es el único límite: tenemos una capacidad máxima biológica para mantener relaciones estables en el tiempo. De acuerdo al estudio de Robin Dumbar, esa capacidad en promedio es de 150 personas, tal como muestra el siguiente video. Cantidad no es lo mismo calidad. Sin embargo, más cantidad de relaciones implica mayor posibilidad de encontrar mejores relaciones.




Este video también muestra claramente la clasificación de redes en centralizadas, descentralizadas y distribuidas, mostrando gráficamente por qué estas últimas son mucho más estables. Cuando mapeamos nuestro ambiente personal de aprendizaje, nos concebimos como una red centralizada, dado que todos los caminos llevan indefectiblemente a nuestra persona. Por naturaleza, somos el centro de nuestro propio mundo. Quizás por ello sea tan difícil reducir las prácticas didácticas centradas en el docente.

Proyectarnos como un componente más de una red donde no hay nodos principales requiere un cambio de conciencia respecto de nuestro lugar en el mundo. Es un salto enorme y de consecuencias no sólo en nuestro desempeño docente sino en todos los ámbitos de nuestra vida. No es una tarea fácil. El rechazo a la idea de perder el control puede verse como una situación de abandono del rol docente, sin advertir la enorme ventaja de hacerlo manteniendo la influencia sobre el grupo en sus diversos aspectos. También, puede verse demasiado laborioso cambiar radicalmente las maneras de enseñar.

En definitiva, pensar en red es todo un desafío. Depende de uno mismo tomarlo o dejarlo. Sin embargo, los beneficios de hacerlo pueden ser enormes e insospechados.